Descifrando la misteriosa estructura química del milenario Azul Maya

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El Azul Maya (CAS RN 119332-14-8) es un pigmento que se puede encontrar en restos materiales de diversos lugares de Mesoamérica que datan del primer milenio después de Cristo. Está presente en objetos de cerámica y en pinturas murales, tanto en yacimientos arqueológicos mayas como en ajuares y sitios que no pertenecen a esa cultura, lo cual puede ser una prueba más del intercambio de conocimiento y de rutas comerciales existentes entre esa sociedad y los demás grupos que estaban instalados en la zona (Gettens).

Fue descrito por primera vez en las pinturas encontradas en Chichén Itza y R.J. Gettens lo bautizó como Azul Maya a mediados del siglo XX. Trabajos de distintos autores, que a su vez se basaron en cronistas españoles, recogen registros de su uso ritual y su asociación con los sacrificios humanos (Gan and Thompson).

Conforme fue avanzando el siglo XX, el pigmento fue identificado en muestras de arte posteriores al período maya y su uso pasó al contexto colonial (está presente en las iglesias de todas las órdenes religiosas implantadas en la Nueva España, especialmente en el siglo XVI), así, su significado ritual y religioso cambió a otro de tipo civil, y una prueba de ello son las diferentes fachadas de edificios en Cuba pintadas de ese color. Inclusive, se cree que su uso haya podido prolongarse hasta hace relativamente poco en comunidades nativas de la zona.

Sin embargo, su producción sigue guardando secretos, y durante mucho tiempo se trató de un misterio prácticamente hermético para arqueólogos y químicos. Durante los años que siguieron su descubrimiento no se pudo identificar con ningún material conocido y existían incluso debates sobre si su origen era mineral u orgánico.

Pronto, los investigadores se dieron cuenta que su base era la de una arcilla compuesta por magnesio, silicio, aluminio y oxígeno; la palygorskita. Pero aún faltaba saber con qué pigmento estaba mezclada… Después de varias hipótesis, se llegó a la conclusión de que el colorante azul verdoso pudiera ser extraído de las hojas del árbol del índigo. No obstante, una de las principales características del Azul Maya es su alta resistencia a ácidos, solventes, a la biocorrosión y al calor. Algunos de los templos sobre cuyas paredes lleva siglos impregnado, como los del sitio de Bonampak, están inmersos en selvas tropicales y húmedas.

Resultaba muy difícil que el índigo resistiera a tales condiciones. Así que parecía claro que si bien se habían dado con los dos elementos principales que componían el pigmento, aún estaba por definirse el proceso mediante el cual se mezclaban.

Los documentos históricos parecían sugerir que la fórmula pudiera ser la de una simple maceración de las hojas de índigo con una mezcla de arcilla y agua (Reyes-Valerio), otras de las posibilidades propuestas por investigadores era la quema de las hojas y mezcla de sus cenizas (Cabrera Garrido), entre muchas otras. Pero pronto resultó evidente el papel clave que jugaba el calentamiento de los elementos en lograr la estabilización de los pigmentos. Ahora lo que faltaba era definir la temperatura y duración de ese proceso de calentamiento.

Un estudio presentado en 1996 por diversos investigadores de la UNAM (Yacamán et al.) proponía que la oxidación o encapsulación de las partículas del índigo en el sustrato de la arcilla podía explicar el carácter resistente a ácidos que tenía la pintura. Consideraban que la estructura de la arcilla tenía forma de superredes, dando lugar a un sustrato amorfo que soportaba las nanopartículas de metal y óxido. Ellos explicaban que así era como las moléculas extraídas de la planta y encapsuladas en los poros de la palygorskita acababan dando como resultado una pintura parecida a un material nanoestructurado moderno.

Otros estudios dirigidos por el equipo de Sánchez del Río, Doménech y Doménech-Carbó rechazaron esta idea de la estructura de superredes asignada a la arcilla. Por su parte, ellos consideraron que se trataba de un material nanoestructurado, polifuncional e híbrido (orgánico e inorgánico).

Lo cierto es que en la última década se han publicado estudios sobre el tema casi cada año. En SciFinder de CAS existen 92 referencias de diversas publicaciones sobre el misterioso proceso de producción del pigmento, la mayoría de ellos enfocados en entender cómo se realizaba la mezcla entre sus dos elementos y qué hacía que fuera posible su alta resistencia.

Falta por definirse con qué otras sustancias se realizaba la mezcla (se han encontrado restos de resinas como el copal, por ejemplo) y cómo se lograban los diferentes matices. Algunas investigaciones apuntan a que las variantes más verdosas pudieran ser resultado de una mezcla con agua de limón, aunque también existe la posibilidad de que aquellos matices sean accidentales.

Entre los estudios disponibles en SciFinder, siete son patentes que se basan en algunas de las características del pigmento. ¿Será posible que este material milenario encierre secretos que pudieran generar nuevas ideas y fórmulas para nuestro futuro?

Con información de:

  • SciFinder® de CAS
  • “Maya Blue as a nanostructured polyfunctional hybrid organic–inorganic material: the need to change paradigms”, Sánchez del Río, Doménech y Doménech-Carbó et al., en New Journal of Chemistry, 2009

  • “Maya Blue Paint: An Ancient Nanostructured Material”, Yacamán et al, en Science, 1996

ACSI Hispanoamerica

 

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